Sus Uñas…

Lo único que pudo recordar fueron sus uñas; firmes, fuertes, sucias, clavadas en su piel. Paso de ser una delicada muñeca a una presa. La presa que ese hombre, sin alma, no estaba dispuesto a dejar escapar. Le arrebato su vestido de un manotazo, dejándola desnuda para él, y se lanzo sobre ella.

Ella no entendió muy bien que sucedió esa tarde, solo supo que había dejado de ser esa fresa dulce que tantos deseaban. Ahora, era tan solo una manzana, una manzana podrida que nadie se atrevería a tomar.

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Rojo…

Ahora es rojo, provocativo, diferente.

Es imposible no desearlo,

Pero tal vez más imposible tenerlo.

Es difícil decidir ahora.

Me arriesgo y lo tomo,

O lo dejo y lo olvido.

De todas formas, siempre habrán legumbrerías abiertas.

 

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LUIS TOMATE

No es fácil para un tomate saber que, como todo ser vivo, es imposible definir su tiempo de vida. Luis tomate no entendía como entre tantos fue escogido precisamente él. No era el más grande, ni el más pequeño; no era el más jugoso, pero tampoco el mas seco; simplemente era diferente, era Luis Tomate.

A partir de ese momento todo lo que entendía por la vida de un tomate estaba cambiando.  Fue extraño para él llegar a su nuevo hogar, realmente se sentía bien, aunque un poco incomodo con la presencia de esa chica, esa chica que no paraba de mirarlo, como si de él fuese a sacar alguna respuesta, pero que no se atrevía a preguntarle nada aún.

A Luis Tomate le gustaba su nueva vida, esperaba todo el día a que llegara la chica a mirarlo. El también la miraba, como escribía, como leía, como borraba lo que escribía y como lo desechaba también. Parecía no estar muy cómoda con sus notas, sin embargo, para Luis Tomate era imposible no sentirse alagado, pues él sabia que ella escribía sobre él, y como todo buen tomate verde, inmaduro, pensaba que así seria para siempre.

Al cabo de unas semanas el noto un cambio en su piel, ya no tenía su hermoso verde, ahora empezaba a tener una tonalidad amarillenta, no muy agraciada.  Ya la chica no lo miraba tanto, ya no se sentía tan importante para ella, y ahora, se encontraba solo, inseguro, invisible y amarillo.

La chica ya no escribía sobre él, ya no notaba su presencia, fácilmente, alguien podría comérselo y ella no se daría ni cuenta.

Pero un día, de la nada, ella llego impaciente a buscarlo y le robo un beso. El primer beso de Luis Tomate, y el último al mismo tiempo.

Rojo, como el más maduro de los tomates, se dio cuenta que lo había logrado; había dejado atrás al tomate verde, inmaduro; había superado al tomate amarillo, invisible. Ahora era el tomate rojo, lo suficientemente maduro como para saber lo que seguía. Ya estaba listo para terminar en una ensalada, junto con las demás verduras.

Solo esperaba que la chica, aquella que lo había acompañado siempre, tuviese la oportunidad de vivir su propio verde, amarillo y rojo.

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TOMATES SECOS

Una vez adentro de la habitación, fue imposible no notarlo. Sus caras, sus ojos, sus lagrimas lo decían por si solas.

El frasco de tomates secos que llevaba en mis manos jamás seria abierto por ella. Sus ojos jamás volverían a decirme nada, ya estaban cerrados para siempre. Pero sus lágrimas, sus lágrimas jamás volverían a salir; pues ya no sentiría más dolor. Sin embargo, era imposible despedirse, aceptar, entender, madurar.

Al verla en esa cama no tuve palabras para despedirme, en realidad no hacían falta. Mi rostro hablaba por sí solo. Mis ojos, decían que la extrañarían. Mis lágrimas, que dolía. Y mi alma quedo seca, como los tomates que ella jamás probó.

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Tomate!

La semana pasada se le ocurrió una idea al profesor de imagen grafica; compraríamos a nuestro mejor amigo: un tomate. Yo siempre he dicho que los amigos no se pueden comprar, pero creo que esta vez estaba equivocada.

No sé si es mi mejor amigo, pero por lo menos uno bueno si es. Nuestra amistad comenzó el martes en la noche, no puedo decir que no busque que se dieran las cosas, porque si lo hice. Buscaba el tomate más verde y grande que existiera en el supermercado. Al principio no los encontraba, estaba con tanto afán que cuando los veía los confundía con manzanas, pero cuando volví a pasar con más calma, los vi.  ¿Cómo se suponía que entre tantos podría escoger solo uno, y estar 100% segura que era el indicado? Tenía que hacer una buena elección, pues no todos  los días compras un mejor amigo.

Al principio  escogí el más grande y jugoso que encontré, tan verde como se le es posible ser a un tomate, era perfecto, pero como mi definición de perfecto es un poco imperfecta, decidí que no era el indicado para mí. Entonces lo vi, al fondo de todos esos tomates, y no pude aguantar la tentación de sacarlo, un mal movimiento hizo que el resto de tomates cayeran y no tuve más opción que rescatar a mi amigo y huir del sitio intentando que nadie me viera, en ese momento me di cuenta que tenía un cómplice, un tomate que no podía hablar y por ende, no me podía hacer quedar mal.

Llegamos a mi casa, su nueva casa, y me puse en función de buscar el lugar perfecto para él, lo único que sabía es que ese lugar no sería la cocina, tenía que estar cerca de mí, seguro, y haciéndome compañía, porque al fin y al cabo era mi amigo, y eso es parte de lo que hace un amigo. Así que decidí que estaría en mi cuarto, en mi escritorio para ser más precisa.

Tomate (que así le puse, pues no encontré un nombre más apropiado para el que esté), se veía muy bien en mi escritorio, además le daba un toque de vida. Mientras hacía mis tareas no podía evitar mirarlo de vez en cuando, y fue entonces cuando caí en cuenta de algo; Tomate no había heredado el don de la palabra que muchos anhelan. Él tenía otro don, el don del silencio. Ese don que es perfecto mara mí, para dejarme estudiar, para dejarme pensar, para dejar volar mi imaginación o simplemente para escucharme.

Ayer, miércoles en la mañana, no le preste mucha atención, y la verdad me sentí un poco culpable al llegar a la universidad. En uno que otro momento pensaba en Tomate, estaba preocupada, pues no le había contado a nadie sobre mi amistad con él, y temía que alguien fuese a comérselo, pues Tomate solía ser un poco provocativo, a veces hasta para mí.

Lo primero que hice cuando llegue a mi casa fue subir a buscar a Tomate. Ahí estaba, justo donde lo deje, con las mismas dos cicatrices que tenía cuando lo conocí, y como siempre; dispuesto a escucharme, o simplemente hacerme compañía. Esta vez solo escuchamos música, un poco de Calamaro y tal vez unas tres canciones de Fito, y luego a dormir.

Hoy, al despertarme fue lo primero que vi, y me causo mucha gracia. Ahora me daba cuenta de que no solo me escuchaba y me hacia compañía, sino que Tomate también era capaz de hacerme reír.  En tan poco tiempo y ya estaba apegada a él, eso me preocupa, pues en realidad no sé muy bien como es la vida de un tomate, cuanto duran, cuanto pueden vivir, prefiero no pensar en eso.

Por ahora Tomate sigue en mi escritorio, escuchando Calamaro y acompañándome un rato.

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