La semana pasada se le ocurrió una idea al profesor de imagen grafica; compraríamos a nuestro mejor amigo: un tomate. Yo siempre he dicho que los amigos no se pueden comprar, pero creo que esta vez estaba equivocada.
No sé si es mi mejor amigo, pero por lo menos uno bueno si es. Nuestra amistad comenzó el martes en la noche, no puedo decir que no busque que se dieran las cosas, porque si lo hice. Buscaba el tomate más verde y grande que existiera en el supermercado. Al principio no los encontraba, estaba con tanto afán que cuando los veía los confundía con manzanas, pero cuando volví a pasar con más calma, los vi. ¿Cómo se suponía que entre tantos podría escoger solo uno, y estar 100% segura que era el indicado? Tenía que hacer una buena elección, pues no todos los días compras un mejor amigo.
Al principio escogí el más grande y jugoso que encontré, tan verde como se le es posible ser a un tomate, era perfecto, pero como mi definición de perfecto es un poco imperfecta, decidí que no era el indicado para mí. Entonces lo vi, al fondo de todos esos tomates, y no pude aguantar la tentación de sacarlo, un mal movimiento hizo que el resto de tomates cayeran y no tuve más opción que rescatar a mi amigo y huir del sitio intentando que nadie me viera, en ese momento me di cuenta que tenía un cómplice, un tomate que no podía hablar y por ende, no me podía hacer quedar mal.
Llegamos a mi casa, su nueva casa, y me puse en función de buscar el lugar perfecto para él, lo único que sabía es que ese lugar no sería la cocina, tenía que estar cerca de mí, seguro, y haciéndome compañía, porque al fin y al cabo era mi amigo, y eso es parte de lo que hace un amigo. Así que decidí que estaría en mi cuarto, en mi escritorio para ser más precisa.
Tomate (que así le puse, pues no encontré un nombre más apropiado para el que esté), se veía muy bien en mi escritorio, además le daba un toque de vida. Mientras hacía mis tareas no podía evitar mirarlo de vez en cuando, y fue entonces cuando caí en cuenta de algo; Tomate no había heredado el don de la palabra que muchos anhelan. Él tenía otro don, el don del silencio. Ese don que es perfecto mara mí, para dejarme estudiar, para dejarme pensar, para dejar volar mi imaginación o simplemente para escucharme.
Ayer, miércoles en la mañana, no le preste mucha atención, y la verdad me sentí un poco culpable al llegar a la universidad. En uno que otro momento pensaba en Tomate, estaba preocupada, pues no le había contado a nadie sobre mi amistad con él, y temía que alguien fuese a comérselo, pues Tomate solía ser un poco provocativo, a veces hasta para mí.
Lo primero que hice cuando llegue a mi casa fue subir a buscar a Tomate. Ahí estaba, justo donde lo deje, con las mismas dos cicatrices que tenía cuando lo conocí, y como siempre; dispuesto a escucharme, o simplemente hacerme compañía. Esta vez solo escuchamos música, un poco de Calamaro y tal vez unas tres canciones de Fito, y luego a dormir.
Hoy, al despertarme fue lo primero que vi, y me causo mucha gracia. Ahora me daba cuenta de que no solo me escuchaba y me hacia compañía, sino que Tomate también era capaz de hacerme reír. En tan poco tiempo y ya estaba apegada a él, eso me preocupa, pues en realidad no sé muy bien como es la vida de un tomate, cuanto duran, cuanto pueden vivir, prefiero no pensar en eso.
Por ahora Tomate sigue en mi escritorio, escuchando Calamaro y acompañándome un rato.